Ley Mordaza: 10 años recortando libertades

Diez años después de su aprobación, la Ley de Seguridad Ciudadana continúa funcionando como una gigantesca maquinaria sancionadora contra la protesta y la disidencia social. Lo que el Gobierno del Partido Popular presentó en 2015 como una herramienta para “garantizar la seguridad” se ha convertido, según denuncian organizaciones sociales y colectivos de derechos humanos, en un sistema de castigo administrativo masivo que limita libertades fundamentales mientras llena las arcas del Estado.

Las cifras desmontan cualquier intento de presentar la llamada “Ley Mordaza” como una norma residual. Solo en 2024 se impusieron 327.761 sanciones administrativas, un 15% más que el año anterior, con una recaudación superior a los 203 millones de euros.

El impacto de la ley en cifras

Para entender la dimensión real de esta legislación tras una década de aplicación, los datos acumulados reflejan un impacto diario y millonario en la ciudadanía:

Concepto / PeriodoSanciones ImpuestasRecaudación Total
Solo en el año 2024327.761 multasSuperior a 203 millones €
Media Diaria (2024)Casi 900 multas diariasMás de 500.000 € al día
Acumulado (2015 – 2025/2026)Rozan los 2,5 millonesCerca de 1.500 millones €

Una década de multas, identificaciones y procedimientos administrativos que numerosos colectivos consideran incompatibles con un régimen democrático.

Conceptos ambiguos y presunción de veracidad

Buena parte de estas sanciones se apoyan en artículos especialmente polémicos, como los relacionados con la “desobediencia” o las “faltas de respeto” a agentes policiales. Se trata de conceptos ambiguos y enormemente subjetivos que, en la práctica, permiten sancionar desde una discusión verbal hasta la participación en protestas espontáneas.

Entre 2015 y 2022, casi una cuarta parte de las multas impuestas bajo la ley se concentraron precisamente en estos dos artículos.

Las organizaciones críticas denuncian que la norma ha consolidado un modelo donde la versión policial goza de una presunción de veracidad casi incontestable. Esto deja a la ciudadanía en una posición de indefensión frente a sanciones que muchas veces ni siquiera llegan a ser revisadas judicialmente debido al alto coste económico y burocrático de recurrirlas.

Desmovilización y el «efecto disuasorio»

El efecto no es solo económico, sino profundamente político y social. La amenaza constante de multas actúa como un mecanismo de autocensura y desmovilización:

  • Protestar puede costar cientos o miles de euros.
  • Grabar actuaciones policiales puede terminar en sanción.
  • Participar en concentraciones implica asumir riesgos económicos que gran parte de la población no puede permitirse.

El mensaje implícito resulta evidente: ejercer determinados derechos sale caro.

La promesa rota de la derogación

Mientras tanto, los sucesivos gobiernos han convertido la promesa de derogación en un ejercicio de cinismo político. El PSOE lleva años comprometiéndose públicamente a acabar con la ley, pero la realidad es que la norma sigue plenamente operativa y batiendo récords de recaudación bajo gobiernos autodenominados progresistas. Las reformas planteadas hasta ahora apenas maquillan algunos aspectos sin desmontar el núcleo represivo de la legislación.

Incluso organismos internacionales y entidades de la talla de Amnistía Internacional o Human Rights Watch han advertido reiteradamente sobre el impacto de esta ley en derechos fundamentales como la libertad de expresión, reunión e información.

Lejos de desaparecer, la Ley Mordaza parece haberse normalizado como parte del paisaje político español. Y esa normalización quizá sea el dato más preocupante de todos: una democracia acostumbrándose a sancionar el ejercicio de derechos básicos mientras convierte la protesta en un lujo.

Fuente: Kaosenlared

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