Sindicalismo y feminismo, una misma lucha


El sindicalismo nace del conflicto. Nace de la necesidad de defendernos colectivamente ante un sistema que nos explota, nos precariza y nos invisibiliza. Pero tenemos claro que un sindicato que no se defina como feminista no está cumpliendo con su tarea ni con sus objetivos.

Las mujeres y personas disidentes sostenemos el mundo. Lo hacemos en las fábricas, en las tiendas, en los hospitales, en las escuelas… en todo el mundo laboral y en nuestros propios hogares. Trabajamos dentro y fuera del mercado laboral, cuidamos, producimos y resistimos. Y aun así, seguimos cobrando menos, sufriendo más precariedad y soportando discriminaciones, violencias y acosos, tanto a nivel laboral como personal; violencias que no deberían entenderse como una normalidad.

El engranaje del patriarcado y el capitalismo

Estos hechos no son casuales. Tienen un nombre propio: patriarcado y capitalismo, dos sistemas que se dan la mano para mantenernos explotadas, discriminadas, cansadas, calladas y divididas.

Cuando una mujer sufre acoso y no la creen, cuando una compañera tiene que reducir la jornada laboral para cuidar a un familiar, cuando su sueldo no llega a fin de mes, cuando su trabajo es muy precario y las condiciones laborales son discriminatorias, tengamos claro que todas estas situaciones no son mala suerte. No es un problema individual. Es un problema colectivo, un problema de todas. Y es necesario que recordemos que juntas somos más fuertes, y que juntas podemos hacer frente luchando para conseguir un trabajo digno con unas condiciones justas y un mundo mejor.

Integrar el feminismo dentro del sindicalismo no significa hacer un taller una vez al año ni crear una comisión sobre feminismo. Significa que cada decisión, cada conflicto y cada lucha incluya la perspectiva feminista.

El sindicalismo feminista debe poner estas realidades en el centro de la vida y de las luchas. Hablar de feminismo en el sindicato es hablar de salarios dignos, de tiempo para vivir, de derechos reproductivos, de conciliación real, de protocolos contra las violencias, de salud laboral, de riesgos laborales y de respeto. Es entender que sin cuidados no hay vida y sin vida no hay trabajo.

Romper con la normalización de la precariedad

Nos hemos acostumbrado muy a menudo a cobrar menos, a tener menos estabilidad laboral, a callar en las asambleas, a no ocupar espacios, a aguantar, a sentirnos invisibilizadas y no reconocidas. Vemos que es un hecho cotidiano que desgraciadamente hemos normalizado. Y cuando algo parece normal, deja de indignar. El sindicalismo debe recordarnos que no lo es, que es una injusticia y una discriminación que no queremos ni debemos aceptar.

Queremos un movimiento donde la voz de todo el mundo tenga la misma validez, la misma importancia. Donde el cansancio importe. Donde la lucha sea igual de digna. No queremos ser un añadido; queremos formar parte del centro. No queremos sindicatos que solo se acuerden de nosotras, las mujeres y personas disidentes, un 25N o un 8M para la foto. Queremos sindicatos que escuchen y luchen todo el año, que nos defiendan cuando denunciemos, que nos protejan cuando nos expongamos y que caminen a nuestro lado.

Organización y apoyo mutuo

Tenemos que transformar nuestras prácticas cotidianas, nuestras prioridades y nuestras luchas. Ante la ofensiva reaccionaria, la precarización constante y los discursos que nos quieren resignadas e individualistas, apostamos por la organización, por el apoyo mutuo y por la desobediencia.

No queremos sobrevivir, queremos vivir dignamente. No queremos permisos, queremos derechos. El futuro del sindicalismo debe ser feminista. Solo será posible si nos reconoce, nos escucha y lucha con nosotras cada día, sin excepciones ni excusas. Solo así podremos construir un mundo laboral y un mundo justo y digno para todo el mundo.

Por Sara Calsina Saez. Secretària de gènere de CGT Manresa

Publicado originalmente en la Revista Catalunya nº 240

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