Crecimiento organizativo y crisis ideológica en la CGT.

El notable crecimiento organizativo experimentado por la CGT en los últimos años es, sin duda, un hecho relevante dentro del panorama sindical. El aumento de afiliación, la mayor presencia en centros de trabajo y la visibilidad pública podrían interpretarse, a primera vista, como un éxito incuestionable. Sin embargo, este crecimiento acelerado no está exento de contradicciones profundas que hoy empiezan a manifestarse con claridad y que merecen una reflexión colectiva honesta.

Uno de los efectos más evidentes de esta expansión es la incorporación masiva de militantes sin una base ideológica sólida en el anarcosindicalismo, algunos/as con claras dinámicas de «entrismo».

No se trata de una crítica a la entrada de nuevas personas —algo necesario y deseable en cualquier organización viva—, sino de señalar que el crecimiento cuantitativo no ha ido acompañado, en muchos casos, de un proceso formativo y político que permita comprender el proyecto histórico, ético y transformador que representa el anarcosindicalismo.

Esta carencia está provocando, en primer lugar, un alejamiento progresivo del camino anarcosindicalista. La acción sindical comienza a deslizarse hacia prácticas cada vez más cercanas al sindicalismo institucional: priorización de resultados inmediatos, delegación excesiva, burocratización de estructuras y una pérdida paulatina de la autogestión y el protagonismo de la asamblea. Cuando la ideología deja de ser el eje vertebrador de la organización, el sindicato corre el riesgo de convertirse en una mera herramienta de gestión de conflictos laborales, vaciada de su contenido emancipador.

En segundo lugar, este proceso está generando disputas internas cada vez más intensas, que no son simples diferencias tácticas, sino choques de modelo sindical. Conviven, de forma cada vez más tensa, visiones profundamente distintas sobre qué es y qué debe ser la CGT: una organización de clase, combativa y transformadora, o un sindicato amplio, pragmático y adaptado a los marcos del sistema. Estas tensiones, lejos de resolverse mediante el debate ideológico y la formación colectiva, están derivando en enfrentamientos orgánicos, personalismos y bloques internos que erosionan la cohesión.

A esta situación se suma un fenómeno especialmente preocupante: el aumento considerable de grupúsculos constituidos como núcleos, que, de facto, están tomando decisiones relevantes sobre el rumbo político y social de la organización. Estos núcleos operan al margen de los espacios asamblearios naturales, concentrando poder y capacidad de influencia sin un mandato claro ni un control democrático efectivo. En muchos casos, su actuación genera discordia y disfunciones territoriales, rompiendo equilibrios orgánicos, bloqueando debates legítimos y provocando fracturas internas difíciles de recomponer.

Más grave aún es que estos núcleos se mueven en una especie de “alegalidad orgánica”, aprovechando vacíos, ambigüedades o interpretaciones interesadas de nuestros estatutos. Sin vulnerarlos abiertamente, los desbordan en la práctica, sustituyendo la voluntad colectiva por dinámicas informales de poder que contradicen los principios de horizontalidad, federalismo y democracia directa que decimos defender.

El riesgo de que todas estas dinámicas desemboquen en una escisión de nuestra organización no es una exageración alarmista, sino una posibilidad real si no se afronta el problema de raíz. La historia del movimiento obrero está llena de ejemplos en los que el crecimiento sin claridad ideológica, unido a la aparición de élites internas, ha terminado debilitando a las organizaciones, fragmentándolas o integrándolas en la lógica que decían combatir.

La cuestión de fondo no es si la CGT debe crecer, sino cómo y para qué. Crecer sin conciencia, sin formación y sin un proyecto compartido puede acabar siendo más una amenaza que una fortaleza.

Recuperar el debate ideológico, reforzar la formación anarcosindicalista, blindar los espacios asamblearios y frenar las dinámicas de poder informales no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad urgente.

Porque un sindicato que olvida su ideología y tolera prácticas alejadas de sus propios principios puede ganar afiliación, pero corre el riesgo de perder su coherencia, su fuerza transformadora y, en última instancia, su razón de ser.

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